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Andrea Bocelli logra unir ópera y cumbia para cimbrar a 130 mil personas en el Zócalo

Por: Administración
2026-04-19 22:34:14
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LA JORNADA. Una fusión inusual tuvo lugar la noche de este sábado en el corazón de la Ciudad de México. Transformado en una inmensa sala de concierto al aire libre, en el Zócalo convergieron la ópera y el canto académico con el desparpajo gozoso de la cumbia.

Un entrecruce de geografías, generaciones y músicas: desde la Toscana italiana el tenor Andrea Bocelli, de Iztapalapa para el mundo Los Ángeles Azules, y originaria de la Perla Tapatía, Ximena Sariñana.

Y la ópera, contra todo pronóstico, se apoderó con fuerza del Zócalo. Lo movió desde sus cimientos de concreto y memoria. Porque no eran caderas rítmicas ni pasos prohibidos los que hicieron vibrar la plaza más grande de América Latina, sino los Do de pecho prolongados, apoteósicos, que retumbaron varias veces en el centro de la otrora capital del imperio mexica.

Según datos del gobierno de la Ciudad de México, más de 130 mil personas se dieron cita para ser testigos de ese prodigio. Entre ellas, la jefa de Gobierno Clara Brugada, y Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del ex presidente Andrés Manuel López Obrador.

El concierto formó parte del Romanza 30th Anniversary World Tour, con el que Bocelli celebra las tres décadas de la aparición de ese álbum que lo detonó a la fama.

Con casi 20 minutos de retraso, las acciones comenzaron con la proyección en las tres pantallas del escenario de un recuento de las óperas que ha interpretado el tenor italiano desde 1994: Tosca, Werther, Carmen y Madama Butterfly, entre otras.

El cantante apareció de entre las penumbras vistiendo un elegante saco azul celeste y lo demás en negro, entre el delirio de una multitud emocionada que le habría de celebrar todas sus intervenciones durante cerca de hora y media.

La primera aria puso a prueba el portento de su voz. Al concluir con un prolongado do de pecho que resonó estruendoso y conmovedor, una ovación igual de estremecedora se hiló entre el público con aquella que provocaron las primeras notas de La donna è mobile.

Acompañado por la Orquesta Sinfónica de Minería y bailarines de ballet, así como un grupo de cantantes y músicos invitados, como el barítono Juan Carlos Heredia y las sopranos Larisa Martínez y Pia Toscano, así como la violinita Rusanda Panfili, el programa trajo consigo lo más conocido y llegador del repertorio operístico universal: Carmen y su embrujo gitano y el drama de La Traviata y de Los pescadores de Perlas, por mencionar algunos titulos. Los teléfonos inteligentes no se daban abasto para tomar fotos, selfies, videos.

No siempre hay oportunidad de tener la ópera a la mano ni a un cantante de esa talla mundial, como señaló doña Ofelia, “la Chabuela”, como le dicen afectuosamente sus nietos “para ahorrarse lo de pinche abuela”, quien a sus 85 años festejó que en la capital mexicana se “ofrezca gratis esta música tan bonita”, que ella conoció en su juventud cuando trabajaba como recamarera en la embajada de Austria.

El O fortuna de Carmina Burana, siempre espectacular en cualquier escenario, en el Zócalo adquirió una dimensión superlativa, sobrecogedora, con el virtuosismo de la orquesta sinfónica y del coro, alternando con cuatro bailarines de ballet.

¿Quién dice que la música clásica y la ópera son aburridos? El público permaneció embelesado, hipnotizado ante la belleza y potencia de esas expresiones. No hubo que pedir silencio ni que pusieran atención. El hechizo de la música marcó la pauta.

Avanzado ya el concierto, el escenario se transformó en una antigua sala doméstica donde un viejo televisor proyectó presentaciones históricas de Bocelli, un emotivo álbum íntimo que hizo un recorrido por su carrera, acompañado de forma instrumental por Vivo por ella y Con te partirò.

Fue un punto de quiebre para dar paso a la canción fina, comenzando con Caruso del grandioso e inolvidable Lucio Dalla. Bocelli ya había cambiado el saco azul por uno oscuro con brillos, sin perder la elegancia.

En el Zócalo no se vivía la efusividad de un concierto de Shakira, Los Fabulosos Cadillacs o el grupo Firme. No en ímpetu: fue una emoción más contenida o reservada. Algo más sentido y reflexivo, íntimo.

Hasta que, luego de una hora, esa marea humana aulló y comenzó a vibrar. Llegó el momento del baile con Los Ángeles Azules y su pegadora Mis sentimientos, en voz de Ximena Sariñana. Todos con las manos arriba. “¡De Iztapalapa para el mundo, chingaos!”. Y un “¡Viva México!” a todo pulmón desde el escenario arrancó otro grito enardecido entre la multitud. El lugar se transformó en una pista callejera de baile.

Al concluir, Bocelli dio cuenta de sus dotes de multiinstrumentista al tocar la flauta traversa mientras Sariñana cantaba el clásico de Louis Armstrong What a Wonderful World. Y de súbito, el cielo del corazón de la otrora gran Tenochtitlan se incendio y encendió de colores con fuegos artificiales, serpentinas y confeti, haciendo del lugar un delirio de dicha.

En esa misma tónica, y luego de que Bocelli dio en español las gracias por “esta maravillosa noche”, llegó la esperada fusión de ópera y cumbia: la voz del tenor y el quehacer de la orquesta sinfónica en un abrazo fraternal con el guapachoso ritmo de Los Ángeles Azules, en la interpretación de otro de sus grandes clásicos: Vivo por ella.

Con el gozo y el espíritu festivo en todo lo alto, Bocelli se despidió tras casi hora y media de actuación, pero el público lo aclamó y le reclamó otra. No se hizo del rogar y regresó de inmediato para entonar el que acaso es su himno: Con te partirò, entre la aclamación generalizada y extasiada.

Portaba otro saco igual de elegante, ahora en vino. Partía de nuevo del escenario y el público no lo dejaba. Regresó una vez más para complacer con otro encore, ahora del mundo de la ópera: Nessun dorma, que culminó ante el estallido generalizado de felicidad y conmovido del público y entre fuegos artificiales, otra vez coloreando el cielo chilango.


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