ANIMAL POLÍTICO. La víspera de la inauguración del Mundial 2026 fue una noche larga para las familias buscadoras, que culminó cuando su avance fue bloqueado por varias filas de policías antimotines en el perímetro de la última milla hacia el estadio. En ese momento parecía inimaginable que al día siguiente, algunos de los puntos más endebles del cerco les permitirían llegar casi hasta las puertas del recinto para alzar su voz con los fuegos artificiales de la inauguración de fondo.
Para muchas personas buscadoras y solidarias que les acompañan, la movilización del día anterior había acabado entre las 23:00 horas y la medianoche. No obstante, sus acciones de visibilización se reanudaron desde las primeras horas del jueves. La cita era pasadas las 07:00, a la altura de la estación Textitlán del Tren Ligero, con dirección al Estadio Ciudad de México, anteriormente conocido como Estadio Azteca.
Ahí, las primeras familias empezaron a colgar mantas y fichas de búsqueda en paredes y postes de la Calzada de Tlalpan. Después, desplegaron una manta con los rostros de personas desaparecidas a lo largo del carril de extrema derecha de la avenida. Hasta ese momento, su decisión era clara: no había ninguna pretensión de cerrar la vialidad, pero sí querían alcanzar a otras familias y colectivos que habían llegado al siguiente puente peatonal.
Empezaron a caminar, pero esta vez no se toparon con las líneas imponentes de policías antimotines —resguardados, equipados con escudos, camiones y cascos— de la noche anterior. En cambio, lo que hallaron fue lo que las autoridades llaman “cinturones de paz”, que son funcionarios de la Secretaría de Atención y Participación Ciudadana de la Ciudad de México vestidos de blanco; una apuesta para intentar evitar una confrontación y que a la vez no diera la apariencia de una posible intención de reprimir.
Los funcionarios permanecían impasibles, sin decir una sola palabra, pero tuvieron que enfrentarse a diversos cuestionamientos de las familias, que les preguntaban si su sueldo era suficiente para cerrar el paso a quienes viven con la ausencia de un ser querido, que en este país, según el registro oficial, suman más de 134 mil.
Les pidieron de todas las formas posibles que empatizaran con ellos, si su verdadera intención era la paz, y les abrieran un camino hacia sus compañeros. Las líneas no cedieron, pese a que los colectivos iban acompañados de funcionarios, como el comisionado local de búsqueda, Luis Gómez, y la comisionada ejecutiva de atención a víctimas, Yuridia Rodríguez.
Desde las cuatro de la tarde del miércoles, en una conferencia de prensa, las familias reiteraron que en ningún momento llamarían a la violencia o tomarían acciones de ese tipo. Por eso, pese a los reclamos que los funcionarios desoyeron, decidieron permanecer con expresiones pacíficas, como la intervención de mantas, cantos y consignas.
En el pavimento de Calzada Tlalpan pudieron leerse leyendas como “FIFA Go Home”, “Mundial del despojo” y “Más de 133 mil desaparecidos”. En mantas que originalmente había colocado el gobierno de la Ciudad de México con la leyenda “El balón regresa a casa”, con pintura roja los grupos en protesta escribieron “y nuestros hijos ¿cuándo?”.
Ante el hecho de que la calzada también era un punto de acceso para los asistentes al partido inaugural del Mundial 2026, las familias decidieron —ahora sí, y ante la respuesta de las autoridades— cerrar el acceso al puente peatonal por el que los aficionados empezaron a cruzar para avanzar hacia el Estadio Ciudad de México por el sentido contrario de Tlalpan.
Aunque eso les enfrentó brevemente con algunos de los seguidores de la Selección Mexicana, esa misma estrategia sirvió a colectivos y familias que se habían quedado encapsuladas más atrás ante el cerco de policías antimotines que a la altura de División del Norte y Tlalpan impedían el paso de cualquier otra manifestación. Ese grupo cruzó la avenida y caminó del otro lado, en sentido contrario a la circulación vial, para avanzar hacia el estadio.
Pronto, llegaron a la altura de Textitlán, donde las familias que habían iniciado en ese punto desde temprano se habían quedado detenidas en protesta pacífica ante el cerco del “cinturón de paz”. La mayoría cruzó el puente para sumarse al grupo que seguía adelante en sentido contrario y un solo bloque de colectivos, solidarios y personas buscadoras se enfiló hacia la última milla, el área en torno al Estadio Ciudad de México a la que, según disposición de la FIFA, no podrían pasar más que vecinos y asistentes al partido.
Las familias, como lo han hecho siempre en la búsqueda de sus seres queridos, se abrieron camino. Hallaron los huecos y forjaron la ruta solas. Pasando la estación del Tren Ligero El Vergel, uno de los cruces peatonales de ese medio de transporte les permitió regresar al flujo norte-sur de Calzada de Tlalpan y recorrer la última milla. Poco antes, dos expresiones contrastantes habían coincidido en los dos sentidos de la avenida: de un lado bailes y festejos representativos de la mexicaneidad, y en el otro el grito “dónde están, nuestros hijos dónde están”.
No hubo más obstáculos de seguridad. Las familias y colectivos consiguieron llegar lo más cerca posible del estadio. Una última valla a la altura del Circuito Azteca fue el límite, pero desde ahí transmitieron por megáfono su mensaje ante decenas de aficionados que miraban desde el puente elevado y una última línea de policías que ya no cedió e incluso extendió sus vallas. En respuesta, los elementos de seguridad recibieron puñados de pétalos de cempasúchil, los mismos con los que el gobierno de la Ciudad de México había “adelantado” el Día de Muertos en varias zonas de la capital ante la justa mundialista.
“Del lado izquierdo quieren tapar lo que pasa en México y en todos nuestros estados; ahora estamos aquí y nuestras voces a una sola voz, compañeros, bien fuerte: ¿dónde están, dónde están, nuestros hijos dónde están? Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”, se escuchó el grito fuerte.
Las madres buscadoras, recordaron, padecen, lloran y les duele la desaparición. “Era lo único que queríamos venirles a decir: ninguna persona en México está segura, nuestros familiares están desaparecidos, cada día desaparecen más y más, ante un gobierno que prefiere hacer un Mundial que atender a las familias buscadoras”, continuaron.
Para ellas, subrayaron, México está en protesta. Recordaron que sin color ni partido, llegaron hasta ese punto, tras recorrer la última milla, únicamente con su digna rabia, “nuestro dolor a costa de la pérdida de nuestros familiares”.
“No puede haber fiesta en el dolor sembrado por la impunidad de un gobierno corrupto”, denunciaron.
Unas cuantas horas después, tras el silbatazo inicial —ante el que ellas continuaron en resistencia pacífica—, la fiesta en las calles circundantes al Estadio Ciudad de México, restaurantes y el Ángel de la Independencia, desdibujó, ante los ojos de quienes siguen sin escuchar, ese dolor.