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La policía del cuerpo

Por: Patricia Garcés
2021-04-15 19:32:15
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Soundtrack para esta columna: Fuckin’ perfect de Pink.
“Pretty, pretty please, don't you ever ever feel
Like you're less than fuckin' perfect
Pretty pretty please, if you ever, ever feel like you're nothing
You're fuckin' perfect to me!”

 

  Cuando tenía 8 años comencé a ser abusada sexualmente en mi propia casa, este abuso fue sistemático hasta que tuve 11 o 12 años. Como resultado mi cuerpo decidió autoprotegerse de alguna manera y comencé a subir muchísimo de peso.  Esto es algo que muchas mujeres y hombres hacemos durante y después de un abuso sexual, hay ciencia detrás de esto que les digo, pueden buscar los estudios.

 No solo tenía que aguantar ese abuso sexual, también tenía que ir a la escuela y ser bulleada por mi peso, con un apodo que se repitió por años que estaba relacionado con mi peso y mi altura, porque afortunadamente para los estándares de la sociedad se me considera alta, no les quiero contar que hubiera sido de mí si en lugar de alta hubiera sido bajita, el abuso habría sido mucho peor.

  También tenía que aguantar en mi casa (el lugar en donde se supone que tiene que estar uno a salvo) comentarios sobre mi cuerpo constantes, miradas acusadoras. Recuerdo que cuando iba a hacer mi primera comunión estaba muy emocionada buscando un vestido y no había alguno que me quedara bien, mi mamá comentó burlona que en lugar de vestido de primera comunión tendríamos que buscar uno de novia. Ese tipo de comentarios no se olvidan nunca.

  En 3ero de secundaria me enfermé gravemente y estuve en cama dos o tres semanas, gracias a ese cuadro bajé mucho de peso, recuerdo que tuvieron que ajustar muchísimo mi uniforme y cuando regresé a clases una de las “chicas populares” me pregunto que me había pasado, y luego me dijo: “Te veías mejor gordita”.

  Desde pequeña comencé a hacer ejercicio, es algo que siempre me ha gustado y me hace sentir bien, aunque reconozco que se me enseñó a hacerlo más por una cuestión estética que de salud. En la prepa y en la universidad fue fácil mantener un cuerpo delgado, aunque mi genética tiende a las curvas (que no a la gordura) a tener mucha pierna, glúteo, un cuerpo que ahorita es valorado por la sociedad, pero en aquellos tiempos lo estéticamente deseable era ser muy delgada, así que recurrí a las dietas, a pesar de tener un cuerpo delgado y aceptable esa ansia de perfección me llevaba a controlar la comida y a querer siempre estar más y más flaca. Mis amistades se acostumbraron a mis eternas dietas y yo también, siempre he sido una persona disciplinada así que para mí esos regímenes restrictivos no eran gran problema y lograba estar una o dos tallas abajo del lugar en donde mi cuerpo se acomodaba de manera natural.

  Estar a dieta es cansado, es un cuento de nunca acabar y domina tu vida por completo. Todo tu jodido día gira en torno a la comida, a lo que si puedes comer, a lo que no puedes comer, a planear lo que vas a comer, a hacer el super, a cocinar. Es un maldito trabajo de tiempo completo. Y la ciencia cada vez es mas concluyente en que no tiene sentido, pero lo seguimos intentando porque ¿saben ustedes al privilegio al que una accede cuando el cuerpo entra dentro de los estereotipos de belleza de la época? Ya no digamos si tu cara hace juego. Es un super viaje del que no te quieres bajar, pero si “fallas”, si de repente ya no te ves como los demás están acostumbrados a verte, todo el mundo se siente con el derecho a opinar, claro, en aras de la “salud”, porque todas y todos se preocupan por ti (léase con tono irónico). Pero siendo sincera, esto no es más que gordofobia y todo el terror y odio que tenemos interiorizado hacia los cuerpos que no se adaptan a los cánones establecidos, porque de nuevo, la ciencia nos dice que no es tan cierto aquello de que la gordura conlleva problemas de salud, pues hay flacos y flacas con las mismas broncas de salud que achacamos a las gordas y gordos, pero a mi no me crean, busquen a la nutrióloga Raquel Lobatón y salgan de dudas.

  En fin, siguiendo con mi historia, hace unos 4 años pasaba por un muy mal momento personal y estuve comiendo por ansiedad. Salí con una amiga que tenía un poco más de un año sin verme y aún recuerdo su cara de horror cuando nos encontramos, me dijo que “nunca me había visto así” y todo el almuerzo me hablo de dietas, ejercicio y a mí se me rompía el corazón porque mí vida se estaba cayendo a pedazos y a ella nunca se le ocurrió preguntar si estaba yo pasando por alguna situación difícil y para esas alturas de la conversación yo me sentía ya tan herida que no quería contarle nada. Sé que no lo hizo con mala intención.

  Un tiempo después pasé por una temporada de mucho estrés y ansiedad y eso se reflejo en mí cuerpo, aparte, mi forma de manejar esa ansiedad fue meterme tres o cuatro horas diarias al gimnasio así que estaba de nuevo dentro de lo aceptable y ya nadie se metía con mi cuerpo, al contrario, me llovían halagos.

  Corte a: separación, mudanza, falla corporal y pandemia. ¿Ya se imaginan el resultado? Solo que esta vez era diferente, esta vez señoras y señores ya no me sentía yo. Visitas a varios especialistas pues mi cuerpo estaba fallando, miradas acusadoras, ordenes de subirme a la báscula, y los comentarios siempre eran los mismos: es el peso, es el peso, es el peso, léase, es TU culpa es TU culpa sentirte así, es TU culpa que tu cuerpo este fallando. Obviamente la orden era perder peso pues todos me decían que en cuanto regresara a mi “peso natural” mis problemas de salud terminarían. Visitas a nutriólogas y nada. Tener que aguantar la humillación de que cuestionaran mi fuerza de voluntad cuando yo sabía que no iba por ahí.

  Finalmente, ayer tuve un diagnóstico: Hipotiroidismo. ¡Ajá! Resulta que no era el peso el causante de mis problemas sino más bien el resultado de mi enfermedad y ni todas las dietas del mundo habrían conseguido que bajara yo de peso sin la medicación adecuada para este padecimiento que me ha traído muchos otros problemas aparte del aumento de peso. Pero mientras tanto, como no, tuve que aguantar juicios, miradas acusadoras, recomendaciones de dietas y nutriólogas no solicitadas y los siempre oportunos comentarios de mi mamá como esta joya: “Cuando estabas en Tijuana parecías modelo y mírate ahora”.  

  Todo esto me ha costado mucho, pero me ha dejado enseñanzas, una de ellas es no opinar sobre el cuerpo de las y los demás. No sé por qué jodidos nos sentimos con el derecho de abrir nuestra bocota para soltarle a alguien “que flaca estas, te ves super” o “Has subido de peso”.  Créanme, la persona a la que nos estamos dirigiendo no necesita nuestro comentario, ella lo sabe, vive con su cuerpo diario y obviamente sabe si la ropa le queda grande o chica.

  Detrás del peso de cada persona hay una historia, y esa historia es sagrada, ¿podemos por una vez cerrar la boca y abrir nuestro corazón? Tal vez si somos dignos de confianza esa persona nos cuente un poco de esa historia o tal vez no, pero merece nuestro respeto.

  Otra lección de esto es que en un mundo que te grita diario que te odies, es un acto radical amarte, así como estas, HOY. Yo amo a mi cuerpo, así como esta ahorita, amo mis piernas, amo mis nalgas, mis senos, en general amo como me veo y me siento, me sorprendía tanto ver esa mirada de desaprobación en los demás simplemente porque de momento no soy talla 3 o 5. Váyanse al carajo.

  Me duele escuchar a mis amigas cercanas auto criticarse, postergar cosas para cuando bajen 5 o 10 kilos. Que triste. Yo fui y me tomé unas fotos boudoir y salí super sexy y me amé y las compartí con quien quise y fui feliz.

  De como me cayó la noticia del diagnóstico les cuento luego.

  Y así las cosas.



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Patricia Garcés

Reynosense. Licenciada en comercio internacional. Madre. #HomeSchoolMom. Sí, soy una de "esas feministas". Molestando a la humanidad desde 1976. Me gustan los perros. Nueva Karen por culpa de Ginger.

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