EL PAÍS. Las protestas en Irán persisten este sábado en todo el país después de que estallasen hace dos semanas en los callejones del Gran Bazar de Teherán, y lo hacen a pesar de atravesar el tercer día consecutivo con el bloqueo de internet impuesto por las autoridades. Pese al apagón informativo, fuentes médicas y grupos de derechos humanos reportan un número creciente de heridos de bala y de víctimas mortales —72, de los cuales 51 son manifestantes-, y las agencias nacionales denuncian la propagación de disturbios e incendios provocados. Ante esta situación, las autoridades de la República Islámica han amenazado con reprimir “con la mayor fuerza” a los “alborotadores”, a quienes distinguen de los legítimos manifestantes y vinculan a agentes externos.
El aparato de seguridad y las autoridades judiciales han subido el tono este sábado en sendos mensajes hacia su propia población. El ejército iraní advirtió de que mantendrá el estado de alerta para torpedear lo que considera “conspiraciones del enemigo”, en aparente referencia a EE UU e Israel. El fiscal general, Mohammad Movahedi-Azad, ha anunciado por televisión que quienes participen en las protestas pueden ser considerados “enemigos de Dios”, una acusación que comporta la pena de muerte.
La indignación por la devaluación del rial iraní ha llevado a multitudes en decenas de ciudades a unirse a unas protestas donde se muestra el hartazgo con la República Islámica, un proyecto que muchos consideran caduco y vinculan con la mala gestión y con un autoritarismo sin contrapartidas.
Mientras esto sucede en las calles, el líder supremo, Ali Jamenei, de 86 años, ha publicado en las últimas horas 12 mensajes en redes sociales dirigidos principalmente a Washington: “Hoy, como en el pasado, EE UU se equivoca en sus cálculos sobre Irán”. De manera simultánea, el presidente Donald Trump reiteraba el viernes su amenaza contra Irán. “Tienen un problema grande”, alegó el presidente de Estados Unidos, que ha manifestado en otras dos ocasiones que intervendrá si la represión se cobra vidas. “Parece que la gente se está apoderando de ciudades donde nadie lo creía posible semanas atrás”, añadió.
Varias informaciones indican que prosiguen los enfrentamientos entre manifestantes y cuerpos de seguridad. Human Rights Activists in Iran (HRANA), con sede en EE UU, informa de que 21 de las 72 víctimas mortales son agentes de seguridad, sugiriendo la dureza de algunos choques y la violencia ejercida por parte de algunos manifestantes.
Fuentes médicas en el Hospital Farabi, un centro especializado en oftalmología ubicado en Teherán, relataron el viernes a la BBC que la institución está sobrepasada con la llegada de heridos. El hospital, añadieron, se ha visto obligado a entrar en estado de emergencia, suspendiendo visitas no urgentes. En Shiraz, un municipio en el suroeste de Irán, otro hospital dijo el jueves a la cadena británica carecer de suficientes cirujanos para atender a la cantidad de personas lesionadas que llegan al centro, en muchos casos con heridas de bala en la cabeza y en los ojos. Estas informaciones sugieren que los recuentos de víctimas mortales son cuanto menos provisionales.
Press TV, una emisora estatal que se emite en el extranjero, denuncia este sábado la mano de los “alborotadores”, emitiendo imágenes de varios edificios de múltiples pisos engullidos por las llamas. Uno de esos bloques, según la cadena, es el Ayuntamiento de un suburbio de Teherán. Ali Larijani, secretario del Consejo de Seguridad Nacional, sintetiza el mensaje que vienen difundiendo los líderes de Teherán: las protestas por los problemas económicos son legítimas, pero EE UU e Israel tratan de aprovechar para desestabilizar el país mediante el despliegue de mercenarios a sueldo, y ante eso las autoridades responderán “con la mayor fuerza”, detalló Larijani el viernes.
A finales de diciembre, grupos de comerciantes empezaron a movilizarse en el bazar de la capital ante la inestabilidad económica, que ha hundido el valor del rial iraní y que lleva a muchos residentes a buscar un segundo y un tercer trabajo o incluso a optar por la emigración. Como ocurrió durante los anteriores ciclos de movilizaciones —2009, 2022—, las protestas pronto reflejaron un hartazgo general hacia las autoridades.
Pero la confrontación, indica Vali Nasr, profesor iraní en la Universidad Johns Hopkins (EE UU), ha perdido adeptos en el país. “Esa política exterior se percibe como el motivo de las sanciones internacionales y de la escasez, del aislamiento internacional y del conflicto”, alega a este diario. “La República Islámica mantiene la misma retórica que cuatro décadas atrás, pero la población ya no es la misma y muchos ven injustificables los costes que comporta”.
La labor de las autoridades en el interior del país también es motivo de frustración para partes de la sociedad. Muchos aborrecen las regulaciones religiosas —como la obligatoriedad del velo— o vinculan el deterioro de las condiciones de vida con la propagación de la corrupción, propiciada por circuitos paralelos que tratan de esquivar las sanciones a los que solo algunas autoridades tienen acceso.
Mehran Haghirian, director de investigación en Fundación Bolsa y Bazar, un grupo que investiga el desarrollo económico en Asia occidental, señala que los iraníes están “exhaustos” por la incapacidad de los gobernantes de resolver el estancamiento político, social, ambiental y económico.
El analista ve como colofón lo sucedido en junio de 2025, cuando EE UU e Israel lanzaron ofensivas militares sobre Irán de una manera que el país desconocía desde la guerra con Irak de los años ochenta. “Aquello desmoronó los mitos y terminó con la apariencia invencible del régimen”, que tenía en la seguridad, dice, una de las principales ofertas del contrato social.
Nasr anticipa que el líder supremo no hará ninguna concesión ante las protestas. “Aprendió durante la caída del sha [en 1979] que aquello envalentona a los manifestantes”, detalla. Sin embargo, otros líderes políticos podrían hacer concesiones en su lugar. Algunas personalidades, como el expresidente, Hasan Rohaní, han sugerido antes de las actuales protestas la conveniencia de cambiar la relación con EE UU, algo que podría permitir perdurar al régimen tras dejar de lado a Jamenei.
Mientras, algunos observadores en la diáspora —que por lo general ven la caída del régimen más cercana de lo que la consideran voces sobre el terreno— ambicionan una transición de al menos dos años que reestablezca libertades políticas y sociales en Irán, y que esté pilotada por alguno de los rostros de la amplia y desvertebrada oposición, como la Nobel de la Paz Narges Mohammadi o el exparlamentario Mostafa Tajzadeh.
Otro candidato sería Reza Pahleví, hijo del último sha de Irán, cuya corona fue destronada durante la revolución en 1979 que vio emerger a la actual República Islámica. Este sábado, Pahleví, residente en Washington y alejado de Irán desde hace casi medio siglo, ha llamado el país a movilizarse el sábado y el domingo, y ha prometido a sus seguidores mediante un comunicado que regresará a territorio iraní “cuando nuestra revolución nacional sea victoriosa”.
El día anterior, el hijo del último sha hizo un llamamiento directo a Trump. “Presidente, por favor, prepárese para intervenir para ayudar al pueblo de Irán”. Aunque se cree que el apoyo hacia su figura es minoritario, varios vídeos han reflejado cánticos en favor del heredero de la corona: “¡Esta es la batalla final, Pahleví volverá!”. Trump ha descartado por ahora reunirse públicamente con Pahleví y ha pedido dejar ver quién “emerge” entre las protestas, pero su intervención se prevé necesaria para que el retorno del príncipe tenga más posibilidades.