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La soberanía como coartada

Por: Abraham Nahmad
2026-01-13 15:31:07
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Tras la negativa del gobierno mexicano a aceptar cualquier “ayuda” de Estados Unidos contra el narcotráfico, el discurso de la soberanía vuelve a imponerse. Pero ¿qué significa defenderla cuando el Estado ya no controla amplias zonas del territorio?

 

México la usa hoy como cortina de humo discursiva. No para proteger a su gente, sino para proteger su relato.

 

Cuando Trump —sí, Trump— ofrece “ayuda” para enfrentar al narco y la delincuencia, la respuesta automática del gobierno es levantar un escudo verbal: somos soberanos, estamos muy bien, no se toca la integridad territorial. Yo escucho otra cosa: no miren, no entren, no nos obliguen a admitir que esto se nos fue de las manos. La soberanía, en boca del poder, no es dignidad: es un conjuro para evitar la vergüenza.

 

Lo inquietante es que ese conjuro no lo repite solo el Estado. Lo corean periodistas, analistas y buena parte de la conversación pública en redes, que convierten la soberanía en consigna moral. Se indignan ante Trump, se envuelven en la bandera y cierran filas con el discurso oficial mientras evitan mirar la realidad cotidiana.

En ese coro, la soberanía funciona como un sedante: produce la ilusión de resistencia mientras adormece la mirada frente a lo que ocurre en territorios concretos.

 

Pero la soberanía no es una palabra. Es una práctica.

 

¿De qué soberanía hablamos cuando hay municipios donde el gobierno entra escoltado o no entra? ¿Qué integridad territorial se defiende cuando los cuerpos aparecen desmembrados en la vía pública como lenguaje político?

 

Cuando hay territorios donde manda el narco, donde el Estado negocia, se ausenta o llega solo a levantar restos, esa práctica ya no existe. Lo que existe es una escenografía institucional que finge control mientras la violencia administra la vida y la muerte.

 

Decir “estamos muy bien” no es una afirmación política: es una fantasía funcional. O una mentira útil. La soberanía, en este contexto, no protege a la población; protege al gobierno —y a quienes lo justifican— de admitir su impotencia. Se vuelve un fetiche nacionalista que sirve para no cooperar, no reformar, no reconocer el colapso parcial del Estado.

 

No se trata de aplaudir a Estados Unidos ni de abrir la puerta a intervenciones coloniales. Se trata de admitir algo incómodo que el debate público evita: la soberanía no vale nada si no garantiza vida, seguridad y ley. Defenderla mientras se gobierna un país capturado por el crimen no es resistencia. Es simulación.

 

Y la simulación, en México, nunca es abstracta. Siempre tiene cuerpos, territorios y silencios concretos.

No temo a la pérdida de soberanía. Temo a su uso como excusa. A un Estado que prefiere morir con la bandera puesta antes que admitir su fracaso. La soberanía, así entendida, no nos salva: nos entierra con ella.


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Abraham Nahmad

Abraham Nahmad es escritor y trabaja en el campo de la cultura visual y la moda entendida como lenguaje. Escribe sobre vida pública desde una perspectiva crítica y personal, atendiendo a las zonas de ambigüedad del discurso contemporáneo. Vive en la Ciudad de México. 

  

Zona gris es una columna sobre aquello que no encaja del todo: prácticas normalizadas, relatos repetidos y gestos cotidianos que operan entre lo público y lo privado, entre lo aceptable y lo incómodo. Un espacio para pensar lo común desde sus zonas opacas.

Contacto: nahmad.abraham@icloud.com