Hay figuras que no solo incomodan por lo que dicen, sino por lo mal que se habla de ellas. Eduardo Verástegui es una de esas. Cada vez que aparece, la conversación pública se acelera, se crispa y se empobrece. No porque él sea particularmente complejo, sino porque la crítica que lo rodea suele quedarse en el nivel más básico: la respuesta condicionada.
He leído ya más de una columna de opinión o reacción en internet dedicada a describirlo con minuciosidad factual: su pasado como actor, su activismo ultraconservador, sus vínculos religiosos, su cercanía con ciertas derechas internacionales, su postura frente a los matrimonios igualitarios o el aborto. Todo eso es cierto. Todo eso es verificable. Y, sin embargo, algo falla. La acumulación de datos no produce comprensión; produce únicamente la ilusión de “lector informado”. Se confunde el inventario con el pensamiento.
Cuando la crítica se queda ahí —en la ficha, en el expediente, en el “ya sabemos quién es”— deja intacto lo más importante: qué representa y por qué provoca. Entonces la crítica no analiza al personaje, sino que se limita a certificar su rareza, su peligrosidad o su ridiculez. Y ahí ocurre el atajo más cómodo: el ad hominem. Una forma bien instalada de pereza intelectual.
Ese reflejo se manifiesta casi siempre del mismo modo. Verástegui se vuelve caricatura. Patético. Misógino. Homofóbico. Retrógrado. Todo eso puede ser cierto, pero repetirlo no explica nada. Más bien tranquiliza. Porque convierte el problema en algo moralmente simple. Él es el monstruo, nosotros los cuerdos. Él el fanático, nosotros la razón. No discute su eficacia, no interroga su atractivo, no analiza el deseo que convoca. Solo señala. Solo señala. Solo señala.
Lo vi con más claridad hace unos días, en una conversación aparentemente banal. Comenté que vería esa entrevista suya —la que le hizo Sabina Berman y que fue censurada en televisión antes de circular en YouTube— y la respuesta fue inmediata, casi automática: “Que ganas de torturarte escuchando a un joto de closet”. La frase no buscaba argumentar; era el argumento. No había idea detrás, solo respuesta condicionada.
Más tarde volví con otra pregunta: qué le preocuparía si ese personaje llegara al poder. La respuesta fue igual de rápida: “No sé y tampoco me gustaría averiguarlo; no me gustaría un remedo de Trump aquí”.
Ahí estaba todo. El circuito completo de la crítica perezosa: insulto más analogía prefabricada. No un análisis del contexto mexicano, no una lectura del personaje, no una reflexión sobre por qué conecta con ciertos sectores, sino un atajo emocional que permite cerrar la conversación sin abrir ninguna pregunta. Llamar “Trump mexicano” a cualquier figura incómoda no es análisis comparado; es comodidad pseudointelectual.
Y, sin embargo, la censura de la entrevista sí debería incomodarnos. No porque Verástegui tenga razón, ni porque merezca simpatía, sino porque el acto de callarlo refuerza exactamente el lugar que él quiere ocupar: el del perseguido, el del silenciado, el del que se coloca en su propio martirologio, el que “dice lo que no se puede decir”. Porque cuando la crítica se vuelve ritual —previsible, moralmente correcta, conceptualmente cómoda— deja de ser crítica y se vuelve acompañamiento. No lo enfrenta: le abre camino.
El problema no es si Verástegui tiene derecho a decir lo que dice —lo tiene—, sino qué hacemos nosotros cuando ese discurso aparece. Si respondemos con insultos, confirmamos que no tenemos nada mejor. Si respondemos con censura, le regalamos épica. Si respondemos solo con fichas técnicas y adjetivos previsibles, lo dejamos intacto.
Aquí la pregunta deja de ser política y se vuelve psicológica. ¿Por qué necesitamos reducir ciertas figuras a monstruos simples? ¿Por qué nos tranquiliza pensar que todo se explica con “es un fanático” o “es un fascista”? Tal vez porque pensar en serio exige algo más: aceptar que estos personajes no aparecen en el vacío, que hablan un idioma que alguien más entiende, que ocupan un espacio que otros dejaron libre.
Quizá el problema es que la crítica ya no quiere pensar más allá de sus propias certezas. Porque es mucho más fácil escribir mil palabras correctas que formularnos una sola pregunta que nos perturbe. Y mucho más tranquilizador cerrar un expediente que aceptar que el personaje sigue ahí no a pesar de la crítica, sino gracias a ella.
Verástegui no necesita ser satanizado ni glorificado. Necesita ser leído. Entendido. Situado. No para legitimarlo, sino para interrumpir el gesto que me hizo abrir este debate: el de reaccionar sin pensar.
Porque, en el fondo, lo verdaderamente inquietante no es que figuras así hablen, sino que la respuesta frente a ellas sea tan pobre, tan automática, tan satisfecha consigo misma.
Entender no es absolver ni legitimar, pero negarse a entender suele ser también la forma más fácil de dejar de pensar.
Y tal vez por eso ahí está lo que verdaderamente incomoda: no en Verástegui, sino en nosotros, cuando preferimos reaccionar antes que pensar, e indignarnos antes que analizar, tranquilos en la certeza de estar del lado correcto.