LA JORNADA. Buenos Aires volvió a sentir ese pulso antiguo que surge cuando una multitud decide reunirse por una misma razón. El 13, 14 y 15 de febrero, en el estadio de River Plate, ocurrió algo que excedió el formato de un concierto. Hubo un latido común, una respiración compartida que se expandía sobre el verano porteño.
Bad Bunny ocupó el centrode esa energía. La música estaba ahí –clara, potente, reconocible–, pero lo que dominaba era la experiencia de miles de cuerpos aceptando estar juntos. Cantabancomo quien recuerda; recordaban como quien reclama; reclamaban como quien celebra el derecho a existir sin pedir permiso.
En un momento, el cantante –Benito Antonio Martínez Ocasio– dijo, con la voz abierta hacia el estadio, que todas las noches en Argentina eran legendarias. La frase pudo sonar protocolar, pero allí adquirió otra dimensión: nombraba la intensidad con que una ciudad adopta lo que llega de lejos y lo vuelve propio.
Fueron asambleas emocionales de una generación atravesada por la dispersión latinoamericana. En las gradas y en la pista se veían banderas de Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú y Paraguay; acentos mezclados; hijos de migrantes que coreaban letras aprendidas en YouTube; madres que observaban, entre asombro y orgullo, esa apropiación sin pasaporte. Miles de latinoamericanos reunidos bajo el mismo cielo confirmaban que la verdadera canción no siempre sale de los parlantes: nace de las voces que deciden acompañarla.
Bad Bunny no habló como político, pero sus gestos tuvieron resonancia pública. Al mencionar la dignidad de su isla y afirmar que nadie es ilegal por buscar una vida mejor, la respuesta fue inmediata casi como ante una consigna histórica.
Argentina es tierra de migraciones: desde los barcos europeos hasta los vuelos recientes que traen a quienes huyen de crisis y silencios forzados. En Buenos Aires conviven restaurantes peruanos en el Abasto, peluquerías dominicanas en Balvanera y ferias bolivianas en Liniers. La ciudad es superposición de historias: edificios coloniales junto a torres modernas, nombres indígenas entre apellidos italianos.
Orgullo y pertenencia
El artista –nacido en un territorio marcado por tensiones políticas y económicas– tendió un puente simbólico entre la isla y el continente. Puerto Rico, con su identidad en disputa, dialogó con quienes dejaron su país por necesidad. No hubo discursos extensos: bastaron canciones sobre orgullo y pertenencia.
La juventud argentina y migrante encontró en esas letras una afirmación: no somos marginales, somos protagonistas de la cultura actual. El reguetón y el rap, nacidos en los márgenes, hoy llenan estadios y desplazan prejuicios. Esa transformación es, en sí misma, un gesto político.
Esa afirmación colectiva encontró su imagen más clara en un gesto inesperado. Cuando se encendieron los collares luminosos entregados en la entrada el estadio se transformó. Cada dispositivo, programado con leds, llevaba una inscripción breve: Made in Puerto Rico. Seguimos aquí. 2026. Una declaración de permanencia. Pronunciada en Buenos Aires, ante miles de latinoamericanos que también han debido afirmar su lugar, la frase adquiría otra dimensión.
Al activarse, los puntos brillaron al unísono y el estadio se volvió constelación. Cada luz parecía una historia; cada historia, un trayecto; cada trayecto, una frontera atravesada. La escena dibujó una cartografía afectiva que no figura en los mapas oficiales, pero sostiene ciudades enteras.
En tiempos en que el debate sobre la migración se endurece y reduce vidas a cifras, estas noches recordaron que la cultura puede desarmar narrativas de exclusión. No fue evasión, sino afirmación: “Seguimos aquí”.
Buenos Aires –hospitalaria y contradictoria– supo escuchar. Cuando una multitud diversa canta con una sola voz, las fronteras se abren y la identidad se expande.
Tres noches. Tres ceremonias contemporáneas. Quedó la certeza de que la música, cuando toca fibras profundas, puede convertirse en un acto de ciudadanía. Al apagarse las luces, permanecía el eco de un estribillo y la sensación de haber compartido algo que superaba el espectáculo.