EL MUNDO. Este 21 de abril cumpliría 100 años. Y, aunque falleció el 8 de septiembre de 2022, a los 96, su recuerdo sigue tan vivo y su influencia en la vida pública británica está tan presente que el Reino Unido se prepara para festejar por lo alto el centenario del nacimiento de la que fue probablemente la mujer más destacada en el globo del siglo XX: la reina Isabel II.
La soberana que protagonizó el reinado más largo en su país -70 años y 214 días- fue mucho más que una jefa de Estado. Porque acabó convirtiéndose en un símbolo, con la carga que ello representa y de la que siempre fue plenamente consciente. Para sus conciudadanos, un símbolo inspirador que tuvo que ejercer como guía de un pueblo en la transición desde el orgulloso Imperio británico que la vio nacer hasta ese Reino Unido post Brexit en busca de su lugar en una era marcada por el vértigo de la globalización y la revolución tecnológica en la que las identidades se difuminan pero la Humanidad necesita como nunca referentes a modo de asideros casi espirituales. Y, para todo el planeta, un símbolo de una forma de entender la Monarquía que sirvió como espejo en el que mirarse a familias reales de todo el mundo, si bien la concepción de la Majestad que encarnaba Isabel II también murió con ella. Hoy ya no resulta una fórmula válida para dar respuesta a las demandas de sociedades cada vez más exigentes con quienes ejercen el poder.
Y es que Isabel II, la grande, apelativo otorgado por muchos historiadores en reconocimiento a sus logros desde el trono, fue representante máxima y quizá última de una Monarquía en extinción, de una Monarquía cuasisagrada en la que el peso de la tradición lo determinaba casi todo y en la que, en expresión del gran teórico Walter Bagehot, la institución seguía gozando de un "encantamiento místico". Ello permitió a la añorada reina mantenerse hasta el fin de sus días en la máxima que caracterizó todo su mandato: "Never complain, never explain" ("Nunca te quejes, nunca des explicaciones"). Si a una monarca educada en esos principios y convencida de que era lo esperable de la Corona ya le costó a la muerte de su nuera Diana de Gales, en 1997, asumir que el populismo estaba entrando como un vendaval también a través de los portones palaciegos, y que como reina se veía de pronto obligada a pisar el barro del sentimentalismo, qué pasaría por su cabeza si viera ahora, tan poco tiempo después de su fallecimiento, cómo a su prole no le queda otra que dar continuas explicaciones y rendir cuentas por todo, exactamente igual que a todas las dinastías reinantes occidentales.
Hoy los ciudadanos sólo admiten Monarquías útiles, transparentes y que abracen la ejemplaridad. Algo que si ha tardado tanto en imponerse en la Monarquía de las Monarquías, la británica, ha sido justamente porque la veneración que despertaba Isabel II hizo que a ella se le consintiera no cambiar el rumbo mientras vivió. Claro que se lo ganó a pulso. Por su olfato político y la exquisita neutralidad con la que llevó las riendas junto a nada menos que 14 primeros ministros sucesivos a lo largo de su reinado. En esa dificilísima gesta de permanecer muda durante siete décadas, un extraordinario logro entre tantos. Pero también por su rectitud, integridad y ejemplaridad ética. Ella fue una soberana empeñada en ser virtuosa en tiempos en los que tantos de sus pares caían con demasiada facilidad en las garras de la impunidad. Hasta el punto de que, por más que se ha escudriñado en cada página de su larga vida, no se encuentran debilidades y escándalos protagonizados por ella en primera persona, a pesar de los innumerables en los que sí se rebozaban cuantos la rodeaban, sin ir más lejos sus hijos.
Poco antes de su deceso, Isabel II tenía una imagen positiva para el 81% de los británicos. Un dato abrumador, consecuencia de lo anterior. Pero aún más. Una encuesta de YouGov de esta semana indica que, incluso muerta, sigue siendo el miembro de los Windsor más popular, con un 84% de respaldo a la labor que realizó, seguida por Diana y, a más distancia, los príncipes Guillermo y Catalina. El apoyo inmaculado a la monarca no se vio sacudido en la recta final de su vida ni siquiera por el estallido de un asunto tan deleznable como la vinculación del favorito de sus vástagos, el príncipe Andrés, con el pedófilo estadounidense Jeffrey Epstein.
Hoy es fácil caer en cierto revisionismo. Y qué duda cabe de que lo peor que hizo Isabel II como reina fue no ser capaz de imponer mayor orden en su familia, de cortar por lo sano ante la aparición de manzanas podridas, de mirar hacia otro lado con conductas como la del duque de York. Reinados tan largos como el suyo están muy bien para ampliar las páginas del Guinnes de los Récords -ella batió un sinfín- aunque no suelen ser eficaces en términos de la necesaria renovación y modernización que la Corona demanda en la etapa moderna. Pero también cabe convenir que probablemente la tan añorada reina, como cualquiera hija de su tiempo y sus circunstancias, no hubiera sabido reinar a golpe del escrutinio de la opinión pública. No era ése el ADN de la mujer que se vio obligada a sentarse en el trono de San Jorge sin estar predestinada a ello.
Isabel Alexandra Mary nació en Londres el 21 de abril de 1926, primogénita del príncipe Alberto y de la duquesa María. Reinaba entonces su abuelo, Jorge V, y tanto ella como su hermana, Margarita, se educaron como dos niñas bien de las que no cabía preocuparse en exceso, dado que el Heredero era su tío Eduardo, llamado a asumir la Jefatura de Estado y a tener su propia prole, algo que hubiera dejado a nuestra protagonista con una vida bastante anónima. Como es sabido, la abdicación de Eduardo VIII, tras apenas 325 días en el trono, más entregado a su amor por la divorciada Wallis Simpson que a su responsabilidad histórica, supuso un terremoto para la Monarquía y de pronto cambió el rumbo dinástico. Alberto fue coronado como Jorge VI e Isabel se convirtió en sucesora de lo que todavía era un imperio. Desde Londres se regían las vidas de una de cada cuatro personas de la tierra.
Aunque su pundonor llevó a Isabel a un esfuerzo por el aprendizaje toda su vida, no es ningún secreto que siempre careció de una formación académica sólida -ella lo viviría como una frustración-, y tampoco fue una mujer de inquietudes artísticas ni culturales, a diferencia por ejemplo de su marido, el príncipe Felipe, o de su primogénito, hoy Carlos III. Ello no impidió, no obstante, que cuando le tocó asumir el cargo con 25 años, a la muerte de su padre, en 1952, no se desenvolviera como una soberana de profundísima vocación de servicio.
La coronación se produjo ya en 1953, en la Abadía de Westminster. Fue la primera de un monarca británico que se retransmitió por radio y televisión, con una cobertura que despertó un increíble interés mundial y que supuso un empujón para la popularidad de la institución. Aquel día consagró su existencia a servir "a nuestra gran familia imperial". Y lo cumplió a rajatabla durante 70 años.
El martes, Carlos III se dirigirá a su pueblo en un Mensaje a la nación en el que rendirá un especial tributo a su madre y destacará su legado, con motivo del histórico centenario.
Pero no será el único acto. Toda la familia real participará en el Palacio de Buckingham en una fiesta de cumpleaños a la que asistirán miembros de organizaciones benéficas y entidades vinculadas a la difunta reina, como Cancer Research UK, el Jockey Club y el Army Benevolent Fund. También tendrán un lugar de honor ciudadanos del país centenarios. No faltará tarta para nadie.
Antes, tendrá lugar un acto solemne en el Memorial de Isabel II en el Museo Británico de Londres, con presencia de los Windsor y del Gobierno británico, con el premier Keir Starmer, a la cabeza. Tras la recepción, la princesa Ana -única hija de la soberana- se trasladará a Regent's Park para inaugurar el Jardín Reina Isabel II. También se ha organizado en The King's Gallery de Buckingham una exposición con 300 estilismos emblemáticos que pertenecieron a la reina. Bien merece la pompa quien aún hoy encarna para muchos la esencia de la Monarquía.