Por Elena Del Ángel
Hace unos días me detuve a contemplar el tiempo que tarda la luz de las estrellas en llegar hasta nosotros. Hay luces que viajan años enteros antes de encontrarse con nuestra mirada. Y entre todas las que vemos, siempre me ha llamado la atención Venus, ese lucero que brilla al amanecer y al atardecer con una luz hipnótica que parece propia.
Yo pensaba que esa luz nacía de Venus. Me parecía lógico: es el astro del amor, y el amor, creía yo ingenuamente, nace solo. Pero descubrí que no. Venus no emite luz. Su brillo es la luz que recibe, principalmente del Sol, y que después devuelve al universo. Brilla por lo que recibe y por lo que es capaz de reflejar.
Entonces entendí algo sobre el amor: nadie ama desde el vacío. Nadie brilla solo.
Así como Venus recibe la luz de las estrellas, nosotros cultivamos valores. Algunas semillas nos llegan de nuestros padres, de nuestros maestros, de quienes nos quieren, y también de las experiencias difíciles; pero solo florecen cuando las nutrimos dentro de nosotros. Cada valor es una luz que se enciende en nosotros. Y lo que hacemos con esa luz, cómo la recibimos, la integramos y la devolvemos transformada, es lo que llamamos amor.
Me gusta imaginar que esa luz viene de las estrellas. Son muchas, pero hoy quiero detenerme en cinco.
La primera es el Sol, la fuente principal: la bondad, el deseo de dar sin pedir nada a cambio. De ella nacen todas las demás.
La segunda es Alfa Centauri, la vecina más cercana del Sol, tres estrellas que giran juntas: la amistad, la compañía de quienes caminan a nuestro lado.
La tercera es Sirio, la más brillante del cielo nocturno: la esperanza, esa luz que se ve aun en la noche más oscura.
La cuarta es la Estrella Polar, la que guiaba a los navegantes: la rectitud, esa brújula interior que nos mantiene en el camino aunque todo cambie.
La quinta es Vega, que un día fue la estrella del norte y volverá a serlo dentro de miles de años: la paciencia, la que sabe esperar su momento sin dejar de brillar.
Cinco estrellas, como los cinco dedos de una mano que se extiende para dar. Y entre más luz recibimos de ellas, más brillamos. El amor verdadero no es una palabra bonita; es la suma de todos los valores que hemos dejado entrar en nosotros, reflejada hacia los demás.
Pero también me pregunté: ¿existen astros que no reflejan nada? Sí, existen. Hay cuerpos que absorben toda la luz que les llega y no devuelven ni un destello. Y pensé en quienes nunca dejaron florecer sus valores. Son como agujeros negros: reciben el cariño, la atención y la energía de quienes los rodean, pero no devuelven nada. Todo gira a su alrededor y, aun así, no iluminan a nadie. Siempre quieren más, y más, y más, pero nada los sacia, porque un vacío así no se llena con la luz de otros. Donde no hay valores no hay luz, y donde no hay luz no puede haber amor.
Hoy, entender esto me cambió la forma de ver la vida. Cada vez que actuamos con bondad, con rectitud o con paciencia, no lo hacemos en vano. Estamos dejando entrar luz, y esa luz, tarde o temprano, llegará a alguien más, como la de las estrellas, que viaja años antes de tocarnos.
Que nuestro paso por este mundo no sea el de una sombra que consume, sino el de un astro que sabe convertir cada valor en amor.
Pero la luz no solo se convierte en amor. A veces se convierte en valentía, esa que nos impulsa a luchar por lo que amamos… y de eso les hablaré en la próxima.